Jul
14

Dicen que no hay nada más emocionante que ver nevar en verano.

Dicen que los copos de nieve caen más lentamente, bailando, girando, haciendo piruetas hasta posarse con mucho cuidado en el suelo.

Silenciosos

pim, pim, pim

También dicen que después, cuando todo se queda blanco, el recuerdo de tanta belleza se graba en la retina para siempre. O, en todo caso, para mucho tiempo.

Y luego, uno desea que vuelva a ocurrir.

Yo nunca había visto nieve en verano.

Hasta ayer.

Y es exactamente como dicen.

…………………………………………Ahora quiero volver a agitar la bola de cristal.

Jul
10

Hoy, el paciente de la 13 está mucho mejor. Ya pasea solo por los jardines y sonríe a las enfermeras. Sonríe poco, eso sí. Nunca ha sido de mucho sonreir.

Hoy ha enviado una carta a la paciente de la 31. La ha dejado en su casillero, de mañana, bien doblada. Escrupulósamente doblada, podría decirse.

Ahora tiene canas. Muchas más que antes. Pero se le está llenando la mirada. Cuando llegó estaba tan vacía…

Una historia curiosa, la de los pacientes de la 13 y la 31.

Él, varón, raza blanca, unos 40 años, demacrado y terriblemente descuidado y sucio, ingresó una madrugada de Marzo. Se arrastraba voluntariamente por los pasillos, para dejarse hacer. No fue necesario camisa de fuerza ni ningún método persuasivo. Se mostraba sumiso y profundamente abatido. Como muerto. Se le suministró adrenalina en grandes dosis, ansiolíticos, cafeína, antidepresivos, relajantes y excitantes y todo a la vez. El coctel de medicación sirvió para mantenerlo en coma unos días, hasta que pudo hacer su primera declaración.

-Iba por el desierto -dijo- Iba yo por el desierto. Hacía mucho calor, y tenía la boca seca y llena de arena. Y los labios cortados. Y apenas podía ver porque había mucha luz. Mucha. Una luz blanca cegadora. Y yo buscaba, recuerdo que buscaba. Buscaba algo de beber, buscaba. Y entonces, apareció ella. A mi me pareció una Diosa o algo así. Se la veía oscura, como si estuviera a la sombra. Y ella tenía que beber. Era fresca, deliciosa. Como menta refrescante en mi paladar y en mi nariz. Y me agarré a ella. Y … lo que ocurrió no sabría decirlo. Pero me gustaba. Nos gustaba. Me gustaba. Nos reíamos mucho. Y hablabamos. Y… también nos pusimos a tomar cosas. Nos gustaba tomar cosas. Luego… cada vez tomabamos más. Hasta que … No se como pudo ocurrir. No lo entiendo.

Ella, mujer, raza blanca, unos 40 años también. Llegó justo 3 meses después, gritando y dando patadas, agarrada por cuatro celadores. Mordía, arañaba, blasfemaba, se tiraba por el suelo, la mirada perdida, el pelo desgreñado. Le administraron calmantes, sedantes y somníferos. Aquello la tranquilizó durante 3 días hasta que pudo hacer su primera declaración.

-Yo… yo vivía en un mundo de sombras. Húmedo, frío, muy frío. Y solitario. Y sin saber cómo, me puse a vagar por algún lugar indeterminado. No sabría decir dónde. Entonces fue cuando apareció él. Era como una luz, cálido y seguro. Y parecía tener sed. Y yo tenía tanta agua que me dejé beber. Me dejé desbordar, me gustaba hablar con el. Luego… no podría decir que ocurrió. Me gustaba estar con él. Me gustaba tanto…

Podría decirse que se juntaron el hambre y las ganas de comer. Quiero decir… la sed y las ganas de beber, si se me permite el chiste.

Solo que en éste sanatorio, no existen los finales felices. Yo al menos, no los conozco. Todos los pacientes sin excepción han vivido historias intensas, apasionantes, delirantes, todas ellas únicas. Ese es el motivo de que estén aquí.

Él ahora está mucho mejor. Ella comienza a someterse al tratamiento. Tal vez se curen.

Esta mañana él ha dejado una nota en su casillero. Ella la ha leído por la mañana, y después, la ha abandonado en la mesa. Antes guardaba todas las notas. Luego las destruía todas. Pero ahora, solo la ha abandonado en la mesa. Después fue a buscarle. Ya no se abrazan cuando se ven. Se hablan bajito. Ella le pidió una canción. El fue despacio a buscar una y se la puso.

-¡Oh!, -exclamó ella con un punto de decepción- ésta ya la conozco. Te la dí yo. ¿no recuerdas? Hace mucho. Y no te gustaba. Odiabas a Daniela. ¿Por qué ahora te gusta?

-Me dijeron que me pusiera a buscar canciones. Y entonces, la he oido. Antes no. Y me gusta. No recordaba que me la hubieras recomendado tú.

Ella hizo un gesto como diciendo: “No importa”, una vez más.

-Hoy… hoy es el último día de verdad… lo sabes, ¿no?

-Si -se apresuró a decir ella.

Pero ella no lo sabía. Se habían despedido tantas veces que ya no tenía ningún sentido decirse adios.

-Bueno. Pues eso. -dijo él encogiéndose de hombros. Luego se alejó despacio y con paso contento por los pasillos del sanatorio. Nunca los había visto tan blancos y espaciosos.

Sí.

Aquella sería la última vez.

A partir de entonces, no volverán a hablarse. Sólo oirán hablar de ellos.

Jun
18

Cuando el pasado se puede contar en minutos,

y los recuerdos son tan pocos que podrían caber en una caja muy pequeña,

porque en seguida se repasan,

y corren el riesgo de ser olvidados…

¿Dónde se guardan esos recuerdos?

 Una nube, el canto desafinado de un cuervo

o grajo

o algún otro animal

Y agua, que hay por todas partes.

Agua, agua, mucha agua.

Se desborda y nos inunda mojándonos los pies

Y en un techo de cristal la lluvia se afana en hacer dibujos de gotas de agua.

Todo eso.

Lo fuerte que agarras mi mano.

Lo suave que susurras

Lo intenso que miras.

Todo eso.

Todo.

Cuando los recuerdos son apenas esas pinceladas en la memoria, robadas a la cordura

¿Dónde se guardan esos recuerdos? 

 

Jun
11

Hace hoy siete días desde que se abrió por última vez la puerta del laboratorio.

Huele a cerrado y desinfectante. Y hay un olor dulzón a materia descompuesta que viene de una esquina. Hay que mirar eso. -Piensa Carmen, embutida en su traje blanco desde hace ya mucho tiempo. Pero sigue mirando su microscopio.

Hace tanto que no aparta la vista del microscopio que seguramente, le costará mucho volver a enfocar la visión al mundo real.

Es la última que queda dentro de aquella pecera. Antes se sabía observada por compañeros, pero ahora cree que no la mira nadie. Es dificil saberlo ya que ella solo mira a través de las lentes. Sólo ve cuerpos moviéndose, retorciéndose. Teñidos de colores, formando un universo caóticamente ordenado. Todo tiene sentido ahí. Todo tiene su nombre y su por qué. Ninguno de esos seres hace nada que no esté previsto. Se unen, se separan, nacen, mutan en monstruosas formas inútiles.

Mueren.

Todo previsto. Todo perfecto.

Nada fuera de lugar.

¿Quién quiere salir de un mundo así?

 

Jun
09

De todos los monigotes amarillos que salían de mi lápiz, recuerdo aquel que se llamaba Alicia.

Era un monigote-niña, con pelo lacio, ojos grandes y desiguales y un vestido triangular que tenía dibujado una margarita de plata en el bajo.

Cuando Alicia andaba, el vestido se le movía graciosamente, como una campana y eso hacía que se le pintara una sonrisa de carbón en su cara.

Solía dibujar a Alicia cuando me aburría, sobre todo en clase. Y acostumbraba a ponerla en toda clase de posturas y situaciones raras. Para aprender a plasmar el movimiento, ensayaba con ella, que se convertía en reflejo descarado de mis propios gestos.

Por algún prodigio que nunca llegué a comprender, Alicia pronto decidió vivir por su cuenta y se puso a comer letras y en general, todo lo que se encontraba en su camino  de papel. Se hinfló e hinfló hasta alcanzar las 3 dimensiones y un día, tomó conciencia de su propia dignidad. Entonces, aunque monigote, se sentía mayor e importante y paseaba sin pudor por los cuadernos de toda la clase. Y hasta por los libros de los profesores.

No todos querían a Alicia, pero les hacía gracia aquel muñeco amarillo que aparecía por sus cuadernos dejando pequeñas huellas de tinta a su paso.

Un día, en uno de los cuadernos que pisoteaba, se entretuvo un rato hablando con un niño. Le dijo que era muy bonita, pero que aún lo sería más si se pintaba de azul.

Alicia no quiso.

Ella era amarilla. Siempre lo había sido y le iba muy bien, y aquel niño era un estúpido y un tonto y no había que hacerle caso. Y punto.

Pero las palabras de aquel niño pintado de negro calaron en su pequeñito corazón y de algún modo, comenzó a darle vueltas a la idea.

¿Y cómo podré yo pintarme-pensaba el monigote- si no puedo apenas sujetar un lápiz yo sola?

Y entonces encontró un charco de cielo que se había escurrido y que todavía nadie había limpiado. Y sin pensarselo mucho, se tiró de cabeza.

¡Chof!

Se le pintó la cabeza y le resbalaron gotas de cielo por el pelo y la ropa, y ya no volvió a ser amarilla nunca más. De pronto, todos quisieron mirarla.

Alicia, con su pelo lacio, sus ojos grandes y su mirada azul y triste se puso a saltar y a dar cabriolas demasiado alto y demasiado fuerte. Y en una de estas, se rompió en mil pedazos, quedándose pegada en algún cuaderno.

O alguna otra parte.

Hubo un niño que pintó a Alicia de azul.

Y ya no he vuelto a tener mi pequeño monigote amarillo.

Creo que lo echaré de menos.

Jun
02

Recuerdo la noche en que descubrí que los escorpiones me traían mala suerte.

Trabajaba yo como depiladora de pubis en un centro de estética. Hacíamos toda clase de fantasías, desde teñir el vello de colores, hasta recortar letras o hacer dibujos. Corazones, flechas, letras chinas… Incluso para clientas que querían noches especiales, pegábamos en los bordes del dibujo piedritas de bisutería. Mi especialidad era recortar la lengua de los Rolling Stones. Por cierto, quedaba de miedo. Era imposible no triunfar con eso en el coño.

Aquella noche de sábado, Miranda y yo habíamos terminado pronto y decidimos darnos un homenaje. Así que yo le hice mi famosa lengua en el suyo y ella me recortó un bonito escorpión rojo en el mio. Y decidimos salir a problarlo.

Después de dar muchos tumbos, acabamos en el mismo antro de siempre.

Al fondo, el grupo de transportistas. Un par de camioneros y un taxista, ya entrado en años, a los que se había unido un marinero que se quejaba de no conseguir mujeres ni pagando. ¡Y eso que era marinero!

Nunca creo a aquellos que se pasan mucho tiempo yendo de un lado para otro, no sé por qué.

En una esquina, un par de abogados. Con corbatas y todo. Seguramente, eran de esos que pensaban que un buen traje siempre atrae a las mujeres. Yo solo los uso en caso de emergencia.

En medio del bar, Crisha. Una mujer ya entrada en años, fiel cliente de asiento y cubata que pasa sus tardes y parte de sus noches delante del vaso, esperando a alguien. Siempre esperando.  La saludé, como de costumbre.

.¿Qué hay, Crisha?

-Lo de siempre, niña.

Esa era toda nuestra conversación. Y a pesar de eso, creo que yo era con quien mejor se llevaba la pobre Crisha. Pero esa noche no tenía ganas de amargarme. Tenía que probar mi escorpión rojo.

Un tipo entró en el bar agitando tanto la cabeza que por poco me mareo solo de verle. Seguramente, era un pastillero.

Y entonces le ví. Al fondo de la barra, un tipo que lo mismo podía dedicarse a las mudanzas que a ser carne de gimnasio. Podía valer. Así que me senté a su lado.

-¿Hace un trago y un revolcón?

-¿En ese orden necesariamente?

Me gustó su respuesta

-Si. Soy muy ordenada.

-Vale, pide lo que quieras.

-Cerveza.

Me sacó una lata de cerveza. Fría. Con las gotas de condensación a punto de escurrirse y rodar por la lata. Fría y tensa. Provocadora, como lo estaría la lata de cerveza de un anuncio. Se me hizo la boca agua. El me miraba de arriba a abajo, desnudandome con la mirada y follándome con el pensamiento. Su sonrisa parecía eyacular.

Debí despistarme con esos pensamientos, porque al abrir la cerveza me tropecé con la anilla y se me rompió una uña.

-Mierda! Maldita sea

-Vamos, mujer, no seas pija.

Aquello me sacó de quicio.

-Oye, encanto. He gastado 50 Euros en hacerme éstas uñas. Me ha costado un montón encontrar un escorpión que hiciera juego con el que llevo tatuado en el coño, y que tú ya no vas a ver.

Si tan poco te interesan mis uñas, menos te importará lo que yo tengo tatuado ¿no?

El tipo se deshizo en escusas en vano. Es una mala suerte perder un buen revolcón por una uña rota, pero a veces, uno no sabe que es capaz de hacer un escorpión.

Por fín, me fui con el marinero.

Por cierto.

No me extraña que le cueste tanto encontrar mujeres, incluso pagando.

No he vuelto a probar los escorpiones.

 

May
11

Justo en la otra parte del mundo, una mujer de 40 años se alegra de haber encontrado un pez que no está muerto, y que está lo suficientemente descontaminado como para llevarlo a su mesa. Lo malo es que tiene tanta hambre, que se lo come. No es malo el pescado crudo. En cualquier caso, es mejor que no comer nada.

Ahora, esa mujer, busca otro pescado para llevar a la mesa, puede que tenga suerte y encuentre otro. Si lo encuentra, finalmente, habrá encontrado la felicidad.

Esa mujer es la causante de que mi felicidad sea sólo una palabra obscena. Cualquier lamento por mi parte es odioso y odiable.

Mi nevera está llena. Todas mis necesidades están cubiertas. ¿De qué puedo quejarme? ¿Qué puedo anhelar?

Mejor debería salir ahí fuera y tener solo piedras que comer, en un mundo frío y abrasador, a partes iguales.

 

 

May
04

A veces me preguntan acerca de Ciudad Naranja, como si fuera un lugar maldito o en todo caso, un lugar para proscritos y gente de mal vivir. Puede que haya algo de razón en todo eso, después de todo.
Ciudad Naranja es diferente porque no existe, y a pesar de eso, está lleno de salones.
La gente se conoce al revés, o sea, de dentro hacia afuera. Eso resulta gracioso, porque uno piensa estar hablando (por ejemplo) con un caracol y resulta que cuando finalmente llegan a verse (cosa que no ocurre siempre) era una oveja.
Lo más sorprendente es que uno deseaba en realidad hablar con una oveja e imaginarse el caracol.
Es complejo.
O puede que haya bebido mucho, no me hagas caso.
Intentaré explicarme de otra manera.
Todo el mundo puede entrar en Ciudad Naranja, y nunca parece que uno está haciendo algo malo. Es como si las normas allí fueran mucho más flexibles, o con letras más pequeñas. No importa mucho seguirlas, en todo caso.
Pero una cosa es cierta. La ciudad te deja marca. Todos los que han salido de allí, llevan consigo la prueba de haber gozado y sentido en Ciudad Naranja. A veces la marca es bonita, como un tatuaje delicado y exótico. Pero otras veces es una marca negra, o una herida. Algunos incluso han perdido algún miembro allí.
No todos aman Ciudad Naranja. Sólo los más estúpidos o los más intrépidos. (Nunca he sabido diferenciarlos bien).
La Ciudad te posee y te atrae, haciendote olvidar de otros mundos más reales. Sí, es eso. Te roba de la realidad. Crea a tu alrededor un mundo bonito y hace que lo prefieras a pisar el frío suelo que te lleva desde el ordenador a la cama.
Ah, se me olvidaba.
No importa lo grande que sea la fiesta. En Ciudad Naranja, nadie recuerda nada. Al día siguiente puede que todos te odien. O que ya te hayan olvidado. O puede que todos se alegren de verte y te lancen vacías palabras de bienvenida que a pesar de ser falsas, uno siempre desea escuchar.
Ciudad Naranja está fundada sobre palabras falsas.
Puede que algún día, la prohiban.
Hum.
Puede que entonces, todos quieran vivir allí.

Abr
28

Deshecha

Hecha jirones

El alma contempla su jaula destrozada y se escapa libre dando vueltas a algún lugar de mi cuarto.

Debe haber un cuerpo ahí abajo que requiere mi atención, pero no quiero mirarlo ahora. Me atraparía. Y no quiero dejarme atrapar hoy.

Me he escapado, no sabía que esto se podía hacer.

Me he escapado entre tus palabras verticales, que me parecían rejas. Pero resulta que se podía trepar por ellas.

Entre tus ojos a los que aún no he podido mirar pero me han poseido sorbiendome la piel

Me he escapado hacia tu voz imposible, impensable, llena de todo, que un día -recuerdo ese día- me hizo vibrar.

Hay un cuerpo ahí abajo que me pide caricias nuevas. Lugares por descubrir.

No quiero que su ansia me apague.

Tengo que beber poco a poco o me ahogaré

Quiero ahogarme.

Lo quiero todo.

Dámelo.

Tengo sed.

Quiero que me resbale por la boca, por la espalda, lo quiero pegajoso, lo quiero adentro, lo quiero mio.

Lo quiero todo y muerdeme después.

Todo.

Abr
22

-Tengo que colgar, parece que otra vez uno de los pájaros se ha estampado contra la jaula. Uno de los jilgueros, una hembra. Las hembras son muy inconstantes. Tendré que cambiarla de sitio.

El hombre de la tienda de animales, va hasta el pájaro hembra que se debate entre asustada y dolorida en el suelo de su jaula. Trata de revolotear pero un ala se le ha atrapado entre los barrotes.

-Tonta, tontita. ¿no ves que esos barrotes son muy estrechos para tí? Para tí y para cualquiera, la verdad es que son muy estrechos, ¿no?, tranquila, tranquila, yo te suelto -decía el hombre liberando el ala del jilguero que buscó sitio velozmente en su viejo columpio en cuanto se vio libre. El hombre la acarició en el pico. Mientras tanto, hablaba.

-No puedes salir. ¿no ves que morirías? el mundo de ahí fuera no es para tí. Pero no debes preocuparte, todos aquí estamos igual. Mira los peces, por ejemplo. Si alguno salta, no tardará en ahogarse en el suelo. O lo pisará alguien. Y si tiene la suerte de caer en otra pecera, los demás peces lo devorarán. Tranquila. Es normal. Todos teneis que estar en vuestro sitio. Hasta las serpientes tienen jaulas, solo que son de cristal, y a tí te parece que están sueltas. Pero no. Ni las arañas. Ni los escorpiones. ¡Esos los que menos!

No te preocupes, linda. Yo mismo estoy también atrapado en ésta tienda. Si lo miras bien, hasta el león está encerrado en su jungla, de la que no puede salir, y las ballenas en su océano. Hasta el trotamundos es prisionero de sus piernas, que no pueden llevarle más lejos del propio mundo.

Todo está bien, tranquila. Te cambiaré de sitio. Los pájaros no pueden escaparse. Bueno, tal vez, los loros sí. Pero también ellos están encadenados. Alguno ha tirado tanto que se ha arrancado la pata, y ha volado, pero fíjate. Con una sola pierna. Esos no podrán vivir mucho tiempo ahí fuera. Igual que tú, aunque tú conserves las dos.

Te dejaré aquí, cerca de la puerta de la tienda. ¿Te ha molestado algún macho? Ahora te molesta, sí, pero cuando te llegue el celo, ya verás. Entonces serás tú quien quiera ir a su jaula.

No te preocupes. Aquí te dejo. No vuelvas a hacerlo, bonita. Y canta. Tú cantas muy bien. Anímanos a todos, anda. Canta.

El jilguero tuerce la cabeza mirando a todas partes, en su nueva habitación. Ella no quería que la alejaran de los demás jilgueros, sólo quería saber por qué llevaba tanto tiempo ahi adentro. Quería ver que había fuera. Y volar algo más que 10 centímetros. Sólo un poquito más.

Sólo un poco.

El hombre se encerró de nuevo detrás del mostrador de su tienda de animales.