Hoy, el paciente de la 13 está mucho mejor. Ya pasea solo por los jardines y sonríe a las enfermeras. Sonríe poco, eso sí. Nunca ha sido de mucho sonreir.
Hoy ha enviado una carta a la paciente de la 31. La ha dejado en su casillero, de mañana, bien doblada. Escrupulósamente doblada, podría decirse.
Ahora tiene canas. Muchas más que antes. Pero se le está llenando la mirada. Cuando llegó estaba tan vacía…
Una historia curiosa, la de los pacientes de la 13 y la 31.
Él, varón, raza blanca, unos 40 años, demacrado y terriblemente descuidado y sucio, ingresó una madrugada de Marzo. Se arrastraba voluntariamente por los pasillos, para dejarse hacer. No fue necesario camisa de fuerza ni ningún método persuasivo. Se mostraba sumiso y profundamente abatido. Como muerto. Se le suministró adrenalina en grandes dosis, ansiolíticos, cafeína, antidepresivos, relajantes y excitantes y todo a la vez. El coctel de medicación sirvió para mantenerlo en coma unos días, hasta que pudo hacer su primera declaración.
-Iba por el desierto -dijo- Iba yo por el desierto. Hacía mucho calor, y tenía la boca seca y llena de arena. Y los labios cortados. Y apenas podía ver porque había mucha luz. Mucha. Una luz blanca cegadora. Y yo buscaba, recuerdo que buscaba. Buscaba algo de beber, buscaba. Y entonces, apareció ella. A mi me pareció una Diosa o algo así. Se la veía oscura, como si estuviera a la sombra. Y ella tenía que beber. Era fresca, deliciosa. Como menta refrescante en mi paladar y en mi nariz. Y me agarré a ella. Y … lo que ocurrió no sabría decirlo. Pero me gustaba. Nos gustaba. Me gustaba. Nos reíamos mucho. Y hablabamos. Y… también nos pusimos a tomar cosas. Nos gustaba tomar cosas. Luego… cada vez tomabamos más. Hasta que … No se como pudo ocurrir. No lo entiendo.
Ella, mujer, raza blanca, unos 40 años también. Llegó justo 3 meses después, gritando y dando patadas, agarrada por cuatro celadores. Mordía, arañaba, blasfemaba, se tiraba por el suelo, la mirada perdida, el pelo desgreñado. Le administraron calmantes, sedantes y somníferos. Aquello la tranquilizó durante 3 días hasta que pudo hacer su primera declaración.
-Yo… yo vivía en un mundo de sombras. Húmedo, frío, muy frío. Y solitario. Y sin saber cómo, me puse a vagar por algún lugar indeterminado. No sabría decir dónde. Entonces fue cuando apareció él. Era como una luz, cálido y seguro. Y parecía tener sed. Y yo tenía tanta agua que me dejé beber. Me dejé desbordar, me gustaba hablar con el. Luego… no podría decir que ocurrió. Me gustaba estar con él. Me gustaba tanto…
Podría decirse que se juntaron el hambre y las ganas de comer. Quiero decir… la sed y las ganas de beber, si se me permite el chiste.
Solo que en éste sanatorio, no existen los finales felices. Yo al menos, no los conozco. Todos los pacientes sin excepción han vivido historias intensas, apasionantes, delirantes, todas ellas únicas. Ese es el motivo de que estén aquí.
Él ahora está mucho mejor. Ella comienza a someterse al tratamiento. Tal vez se curen.
Esta mañana él ha dejado una nota en su casillero. Ella la ha leído por la mañana, y después, la ha abandonado en la mesa. Antes guardaba todas las notas. Luego las destruía todas. Pero ahora, solo la ha abandonado en la mesa. Después fue a buscarle. Ya no se abrazan cuando se ven. Se hablan bajito. Ella le pidió una canción. El fue despacio a buscar una y se la puso.
-¡Oh!, -exclamó ella con un punto de decepción- ésta ya la conozco. Te la dí yo. ¿no recuerdas? Hace mucho. Y no te gustaba. Odiabas a Daniela. ¿Por qué ahora te gusta?
-Me dijeron que me pusiera a buscar canciones. Y entonces, la he oido. Antes no. Y me gusta. No recordaba que me la hubieras recomendado tú.
Ella hizo un gesto como diciendo: “No importa”, una vez más.
-Hoy… hoy es el último día de verdad… lo sabes, ¿no?
-Si -se apresuró a decir ella.
Pero ella no lo sabía. Se habían despedido tantas veces que ya no tenía ningún sentido decirse adios.
-Bueno. Pues eso. -dijo él encogiéndose de hombros. Luego se alejó despacio y con paso contento por los pasillos del sanatorio. Nunca los había visto tan blancos y espaciosos.
Sí.
Aquella sería la última vez.
A partir de entonces, no volverán a hablarse. Sólo oirán hablar de ellos.